Por fin ha llovido. Se ha cumplido el dicho de mi amigo Antonio: «Siempre ha llovío». Y, además, ha caído una lluvia de las buenas, sin estridencias, pero abundante y constante, de esa que cala la tierra y que tanta falta hacía por estos lares, tan necesitados de ese líquido maravilloso.
El primer día que empezó a llover con ganas, salí a la calle en cuanto amainó y tomé una bocanada de aire que me supo a gloria. ¡Qué frescor, qué humedad tan agradable, después de tantos meses sin sentirla! Por un momento, volví a otros tiempos, cuando era joven y me gustaba mojarme bajo las gotas de lluvia, sin preocuparme demasiado por acabar empapado.
El pueblo ha cambiado de color. Parece que hasta las piedras agradecen esta humedad y lucen de otra manera, con ese tono especial que les deja la lluvia. El monte empieza a reverdecer y, poco a poco, va apareciendo una estampa que recuerda a la primavera. La hierba ya se deja ver desde lejos y da gusto contemplar cómo la naturaleza vuelve a despertar después de tanta sequía.
Las temperaturas han bajado bastante, pero es lo normal: estamos en otoño y ya se agradece un pequeño cambio de tiempo. Las chimeneas empiezan a echar humo y da gusto pasar una velada junto a la lumbre, disfrutando de ese calorcito tan nuestro, de esos momentos tranquilos en los que parece que el tiempo pasa más despacio.
Por estas fechas ya somos menos los que quedamos en el pueblo, pero tampoco nos aburrimos. Siempre hay ocasión para dar un buen paseo, echar una partida de cartas y compartir un rato de charla con los amigos. Al final, son esas pequeñas cosas las que hacen que la vida en el pueblo tenga un encanto especial.
Además, este fin de semana será un poquito más largo, porque el día del Pilar cae en lunes. Así que, como suele ocurrir en estas ocasiones, seguro que en muchas casas volveremos a tener a la familia por aquí, dispuesta a disfrutar de unos días de descanso, de buena compañía y, quién sabe, quizá también de algún paseo para ver cómo la lluvia ha cambiado nuestros campos y nuestros caminos.
Y es que, después de tanta espera, da gusto ver cómo la tierra recupera la vida, cómo el pueblo vuelve a tener otro aspecto y cómo algo tan sencillo como la lluvia nos alegra el ánimo.
¡Bienvenida sea el agua!
Que siga cayendo con calma y que empape bien nuestros campos. Que falta les hacía.




