Por aquí seguimos con el campo bastante seco. Ayer cayó un pequeño chaparrón que, eso sí, hizo mucha ilusión mientras duró, aunque poco pudo hacer por la tierra. Fue de esas lluvias que parecen prometer más de lo que finalmente dejan y, al rato, el suelo volvía a estar igual de sediento.
Tengo un amigo que siempre dice aquello de «siempre ha llovido», pero la verdad es que este año la sequía se está haciendo notar de una manera especial. El campo lo sabe bien, y las plantas también.
Los ciervos, por su parte, hace ya unos días que han empezado a acercarse a los huertos. Y tampoco se les puede echar la culpa: ellos buscan comida fresca y, con el monte tan seco, cualquier brote verde debe de parecerles un auténtico manjar. Otra cosa es que a nosotros, los que cuidamos nuestros huertos y jardines, nos haga mucha gracia recibir sus visitas.
De momento, este año todavía he tenido suerte y no me han tocado los rosales. Aunque, para ser sincera, tampoco han estado tan espléndidos como otros años. Con este calor han dado bastantes menos rosas y las plantas que tengo al sol llevan ya unos días diciendo, a su manera, que necesitan un descanso.
Y qué pena da verlas así, porque cuando están frondosas, verdes y llenas de flores, parece que hasta el ánimo se alegra. El jardín tiene otra vida.
Ayer, precisamente, mi marido estaba cerca de la linde del huerto cuando vio que se acercaba una cierva. Venía tranquilamente, buscando unas ramas verdes que llevarse a la boca. Él, con mucho cuidado para no asustarla, consiguió grabarla en vídeo y allí estuvo ella un buen rato, tan tranquila, campando a sus anchas.
La verdad es que estos encuentros tienen algo especial. Una puede estar preocupada porque el ciervo se coma las plantas y, al mismo tiempo, quedarse embobada mirándolo. Al fin y al cabo, también forma parte de este paisaje que hemos elegido para vivir.
Por aquí ya se nota que el verano se va terminando. El pueblo está tranquilo, muy tranquilo. Ya no se escucha a los niños corretear por las calles ni se ve aquel movimiento de hace unas semanas. Y, aunque el silencio tiene su encanto, tengo que reconocer que ahora el pueblo parece un poquito triste.
Pero quizá esa es también una de las cosas bonitas de vivir aquí. Cuando llega septiembre, todo vuelve poco a poco a su sitio. Las calles se quedan casi vacías, el ritmo se hace más lento y parece que el tiempo pasa de otra manera.
A veces pienso que este pequeño pueblo es precisamente eso: un refugio. Un lugar donde alejarse un poco del ruido, de las prisas y de ese ir siempre corriendo de un lado para otro.
Ahora solo falta que nos visite una buena lluvia. De esas que empapan la tierra de verdad, que dejan ese olor tan especial a campo mojado y que hacen que al día siguiente todo parezca un poquito más verde.
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Seamos valientes y luchemos contra las injusticias-
Clica en cosas de antes y verás el otro blog, seguro que algunas fotos no saldrán pero me las pedís que las guardo casi todas.