Con unas temperaturas más propias del verano que de la primavera, nos pusimos manos a la obra para limpiar el camino con muchas ganas. Éramos pocos, pero suficientes para empezar. Yo me acerqué a animar a los voluntarios y a contemplar la ardua tarea que tenían por delante.
No se consiguió limpiar todo lo que se había previsto, pero el trabajo realizado fue excelente y quedó muy bien hecho. Lo importante es empezar; poco a poco, el camino volverá a abrirse y a lucir como merece.
Mientras trabajaban, me fueron contando historias y anécdotas de este camino, algunas de lo más curiosas y divertidas. Pasé un buen rato escuchándolas, riendo y comprobando que en los pueblos también sabían disfrutar de la vida en aquellos tiempos lejanos. Como ocurre hoy, había jóvenes muy pícaros y otros más tímidos, pero todos encontraban la manera de divertirse.
Otro día os contaré alguna de las travesuras que protagonizaban los mozos de Lagunaseca y Masegosa. Os aseguro que más de una tiene mucha miga.
Terminado el trabajo.
Los voluntarios de Cruz Roja acudieron en gran número y se implicaron de lleno en las tareas de limpieza del sendero. Tras la jornada de trabajo, pudieron relajarse en nuestro parque mientras Felipe y Emiliano se afanaban en preparar unas deliciosas paellas que, como ya es tradición, les salen de maravilla.
Después de disfrutar de una buenísima paella, la sobremesa se alargó bastante. Hubo tiempo para saludos, reencuentros y recuerdos muy gratos. También se acercaron algunas personas de La Vega del Codorno y, personalmente, me alegró mucho conocerlas.
Y hasta aquí mi relato de un día magnífico que, como tantos otros, terminó en La Fragua, ese lugar que siempre consigue reunir a la gente de por aquí.
Este punto de encuentro también tiene su propia historia. A petición del hijo del primer ocupante de este lugar, un herrero, os la contaré más adelante, cuando tenga toda la información bien documentada.
¡Hasta muy pronto!